octubre 7, 2022
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Integración escolar, una experiencia en la que todos crecen

Te contamos la historia de Santi, que está integrado desde sala de 3 en un jardín de Vicente López. Cómo se decidieron sus papás para hacer la experiencia y cómo la vivió la comunidad de este hermoso establecimiento.

A veces, lo que parece difícil se vuelve posible antes de lo que lo imaginamos. Sobre todo cuando nuestra voluntad se encuentra con una comunidad que nos abraza. Algo así les pasó a Santiago (6) y sus papás, María y Juan, cuando se decidieron por probar con la integración en un jardín de infantes de gestión pública en Vicente López (pcia. de Buenos Aires).

Los primeros tiempos y la idea inicial

Santi tiene epilepsia y ECNE (Encefalopatía Crónica No Evolutiva), como consecuencia de un accidente cerebral que tuvo a poco de nacer. “Los daños que dejó ese derrame hacen que hoy necesite mucha asistencia para todas las actividades de su vida diaria”, explica María, su mamá. Pasados los tiempos más difíciles de su primer añito (que incluyó 5 operaciones), la familia se fue acomodando a la vida en casa, “no ya a los saltos ni de clínica en clínica”.

Así, empezó sus terapias mientras María y Juan se preguntaban qué posibilidades podría tener cuando llegara a la edad en que los niños suelen tener algún tipo de escolaridad. “La verdad es que imaginábamos más bien el ingreso directo a un CET (Centro Educativo Terapéutico). Veíamos que era un lugar apropiado para un niño con las características de Santiago, pero teníamos la duda”, recuerda María.

A mediados de 2019, se encontraron con que no había vacante en los CET que averiguaban y que además el ingreso de Santi se dificultaba porque tenía ciertas características de irritabilidad: pasaba muchas horas llorando y le costaba estar en su silla.

“Entonces con Juan se nos ocurrió que era una buena idea mandarlo a un jardincito”, cuenta María y continúa: “Lo hablamos en ese momento con la neuro ortopedista de Santiago, casi como en una charla de café, y ella nos dijo que le parecía una muy buena idea, que nos buscáramos un jardín que nos quedara cerca de casa, chiquito y familiar”.

Un jardín soñado, pequeño y cerca de casa

Comenzó entonces una nueva aventura, la de encontrar una escuela de nivel inicial que alojara amorosamente a Santi, porque si algo tenían muy en claro sus papás era que sólo iban a mandarlo a un lugar donde fuera muy bien recibido.

Caminando por el barrio (al que se habían mudado hacía poco tiempo), Juan vio un jardín que parecía ser lo que estaban buscando. Se trataba del Jardín de Infantes Nº 915 Juana Manso, de Vicente López. “Pasamos, toqué timbre y les dijimos que queríamos averiguar por una vacante. Nos atendió una señora que dijo que volviéramos después de las vacaciones, que ya estaban por empezar”, recuerda María y adelanta: “Así conseguimos que nos recibieran y empezó la historia de Santi en el jardín”.

La familia tuvo su primera bienvenida en la reunión inicial con la directora del jardín. “Desde el primer momento en que los papás se acercaron y eligieron nuestra institución, para nosotros Santi ya era un alumno que iba a compartir con nosotros toda su trayectoria escolar”, recuerda Florencia, directora del jardín en aquel momento y actual inspectora del distrito.

Pero antes de que Santi pudiera empezar las clases, había que cumplir algunos pasos administrativos y conseguir una acompañante externa. ¿Cómo es ese proceso? Florencia explica: “Para tener un acompañante en la Dirección General de Escuelas, en la provincia de Buenos Aires, la familia busca un centro, en general uno que reconozca la obra social. El centro tiene que buscar un acompañante y, una vez que se prepara el legajo y se presenta toda la documentación, la Inspección aprueba el ingreso del acompañante”.

Bienvenida de brazos abiertos y compañeros curiosos

Una vez completados los pasos administrativos, Santi ingresó al jardín el 12 de octubre de 2019, justo en la fecha del acto por el Día de la Diversidad Cultural. ¿Cómo fue ese primer día? María relata: “Lo sentaron a upa mío, porque Santi no camina, con unos chicos que hacían una canción y golpeaban unos palitos de agua caseros. Así que Santiago estuvo ya ahí participando del acto y lo presentaron a toda la comunidad educativa: Él es Santi y se va a sumar a la sala de tres”.

Ese día, los demás chicos estaban muy intrigados por la sonda que usaba Santi en aquel momento. “¿Qué es eso que tiene en la cara?”, “¡No le dejes ese moco! ¿Qué le pasa, está resfriado?”. A cada pregunta, su mamá explicaba que a Santi no le molestaba, que se trataba de un “cañito por el que tomaba agua”. Y los chicos lo entendían inmediatamente.

Ya terminando el acto, una mamá se le acercó a María: “Pasame tu celular que le saqué un montón de fotos”, le dijo. Luego se enteraría de que su hijo también estaba integrado, en otra sala. “Fue como que se armó algo enseguida y todo se fue tejiendo entre los chicos, las familias y el jardín”, reflexiona María.

Un equipo profesional preparado y atento

Además de tener muy buena predisposición y recibir a Santi cariñosamente, el equipo profesional del jardín se puso a trabajar enseguida. Florencia cuenta: “Al principio estábamos muy atentos a sus necesidades y nos tomamos el tiempo para conocernos. Después nos reunimos con el personal docente y el equipo de escolar para poder conformar un dispositivo para Santiago. Cuando el proyecto de inclusión se aprobó, también pudimos contar con una MAI (Maestra de Apoyo a la Inclusión) que venía una vez por semana, dos horas, y nos iba asesorando y sugiriendo distintas o nuevas posibilidades de cómo incluir a Santi en las diferentes propuestas llevadas a cabo en la sala”.

Florencia también destaca el papel de los auxiliares, siempre atentos a la llegada y la salida de Santi, y de las profesoras de Educación Física, que lo incluyen en todas sus propuestas de juego, que él disfruta mucho.

Por su parte, Daiana, acompañante de Santi, opina que el Juana Manso es “un jardín increíble” y resalta el gran trabajo realizado: “Aprendieron a adaptarse a sus necesidades, siempre están buscando la manera de hacerlo partícipe. Adaptaron sus agendas para que pueda llegar a un horario distinto, que en el momento que está él sean juegos, lectura de libros”. Es que Santi no asiste en horario completo sino que el tiempo que transcurre en el jardín siempre fue acordado con la familia para que estuviera bien y no se agotara, por eso se acomodan las propuestas que más aprovecha y disfruta a los horarios en los que está presente.

Daiana también recuerda la curiosidad de los niños al conocer a Santi. “Lo miraban y les daba curiosidad por qué él no camina, no habla, está en silla o por qué usa el andador. Entonces lo miraban de lejos, pero al pasar los días e incluirlo en el aula y en los juegos del patio, empezaron a perder esa vergüenza y se comenzaron a acercar. Es el día de hoy que todos los nenes del jardín de las salas de 3, 4 y 5, se acercan a Santi. Le hablan a él directamente. Lo hacen bailar y lo llenan de cariño. Los chicos son curiosos, pero entienden muchísimo y tienen un corazón enorme”, reflexiona.

En el grupo donde está actualmente, los chicos ya saben que Santi llega a las 3, para la hora del patio y cuando lo ven llegar junto a sus papás, es una fiesta: “Nos ven llegar en el auto y ya empiezan ¡Santi, Santi! Le hacen hurra que llegó Santiago. Y él ya desde el auto los está escuchando y si viene medio despertándose de la siesta ya sabe que estamos en el jardín porque están los amigos ahí que lo están llamando”, expresa María.

Por su parte, Mariela, mamá de Lara y Julia, compañeritas de Santi, opina que su inclusión en el jardín ha sido enriquecedora para todos. Cuenta que Juli fue su compañera el año pasado y que se aferró mucho a él (“Le fluía naturalmente la vocación de ayuda a Santi, estaba muy atenta a sus necesidades”). Juli lo quiere mucho y es su amiga. Tanto es así que cuando este año su hermana menor, Lara, ingresó al grupo de Santi en el jardín y estaba preocupada porque no conocía a nadie, le aconsejó: “Cada vez que no sepas con quién jugar, vos jugá con Santi porque él siempre va a querer jugar con vos”.

Un Santi más grande y feliz

Pasaron varios años desde que Santi ingresó al Juana Manso. Pasó también la cuarentena por la pandemia de covid-19, cuando Santi pudo incluso en la virtualidad mantenerse conectado con sus maestras y compañeros, reconocer sus voces.

Cuando el año pasado volvieron las clases presenciales, Santi era un nene más grande, más alerta y contento. Ya no usaba sonda ni debía seguir la dieta especial que hacía por su epilepsia y su mamá cree que eso lo ordenó un poco. Además empezó a llevar su andador, que le permite mayor autonomía.

También volvieron de a poco los cumpleaños en las plazas y los juegos compartidos. “Las plazas tienen de ventaja que lo llevamos con el andador entonces están todos corriendo para cualquier lado y él también puede hacerlo. Fue a un cumple en una calesita y vamos a hacer el de él también en la calesita porque le encanta”, dice María.

Actualmente Santi está haciendo permanencia en sala de 5 (ya que por su edad debería haber egresado el año pasado). “Pedimos la permanencia porque podemos ver que a Santiago estar con otros niños que lo llaman, lo hacen aplaudir, le tiran la pelota y él la tiene que atajar, se esconden para que él los encuentre, le hace súper bien. Va contento, va entusiasmado. Nos pareció importante poder extender esa experiencia para Santiago lo máximo que se pudiera”, explica su mamá.

“Son admirables estos avances de Santi en estos 4 años en el jardín, con todo el apoyo de su familia y de todos los profesionales que lo acompañan. La verdad que tiene un equipazo y creo que todos lo amamos. De mi parte, puedo decir que es un orgullo compartir el crecimiento y le agradezco mucho a esa hermosa familia que tiene Santi que nos haya dejado ser parte”, expresa Florencia.

Animarse a la experiencia

Si bien es consciente de que hay muchos desafíos por delante, María asegura que la integración es una gran experiencia y que, aunque no está del todo desarrollada y no todas las vivencias son iguales, hay una red que sostiene que sea posible y que los papás interesados pueden investigar.

Le preguntamos a María qué le diría a una mamá o un papá que está pensando en la integración para su hijo y respondió: “Le diría que se anime. Le diría que es una experiencia muy enriquecedora, no solamente para su niño. Creo que nos hace bien también a los papás de niños con discapacidad, a nosotros como familia nos hizo muy bien. Es un esfuerzo y hay un proceso de aprendizaje en todas las partes: en los colegios, en las familias de todos los niños, con y sin discapacidad. Nos hace bien a todos, porque también permite perder el miedo o la distancia que tal vez ponemos con lo que no conocemos o nos genera dolor”.

La situación de cada familia es especial y podrá evaluar si sus niños se beneficiarán con la integración en el jardín, pero sin lugar a duda María la recomienda rotundamente para quienes quieran probarla.

“La inclusión de Santi fue y es muy movilizadora. Los compañeritos ya lo esperan súper contentos, saben en qué momento él llega. Lo reciben aplaudiendo y eso a Santi lo pone contento. A mí me emociona cada cosa que puede hacer. Reconoce la voz de su maestra, la de los nenes. Le encanta estar en el patio con su andador. Lo que al principio fueron muchas preguntas de cómo iba a ser todo terminó siendo mucho más fácil y hermoso”, concluye.

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